sábado, 9 de diciembre de 2017

No he hecho nada malo

Inquietante. Eso dijo Rajoy cuando le preguntaron si pensaba repetir como candidato a la presidencia del gobierno. Sus enemigos asintieron: no ha hecho nada malo ni nada bueno. Pero no voy por ahí. Me resulta inquietante la respuesta. Puede que sea suficiente un comportamiento irreprochable. En contraposición, estaremos de acuerdo en que haber hecho algo malo sí que inhabilita para el ejercicio de la política. Aunque cabría cuestionar si hay que ser buenísimo del todo o establecer cuánta maldad sería admisible, en su caso, si la conducta intachable se refiere a la esfera pública o también computa la privada, si el cálculo se ciñe al cumplimiento de los diez mandamientos, del código penal o de ambos. En concreto, dígame si usamos mi escala de valores o la suya.

Indignante. Los partidos de la nueva política -léase con sarcasmo-, que enarbolan todavía la bandera de la pulcritud y la regeneración, ya se olvidaron de defender el acceso a la vida pública de personas sin mácula: manda el "casting" y la fotogenia, ni siquiera la asamblea. Y no solo los nuevos partidos; aquello de alejar de las instituciones a los corruptos, delincuentes condenados, imputados o meros presuntos, ya no interesa, moda efímera. No basta con que el Tribunal Supremo haya citado, interrogado y mantenga entre rejas a los responsables de la farsa del 1 de octubre en Cataluña, para que sean apartados de la carrera electoral, ni por los suyos, que querrán aprovechar el "efecto mártir", ni denunciados por el resto de fuerzas políticas ante la opinión pública; pensarán que no han hecho nada malo aunque el Alto Tribunal sospeche lo contrario. La naturalidad con que los medios de comunicación y la ciudadanía dan por válida la candidatura del prófugo Puigdemont confirma que el "pacto anticorrupción" era otro eslogan.

Impresentable. Ese "No-he-hecho-nada-malo" podría pasar a la Historia como aquel mítico "¿Por qué no te callas?" del Émérito. Chascarrillos con la respuesta espontánea del presidente, cosas de Mariano, pero a mí no me hizo ninguna gracia. Acción y reacción que demuestran la consideración que les merece el ejercicio de la política a unos y a otros: bastaría con portarse bien, simplificando, que es gerundio. Además, que ese sea el argumento del líder del PP, investigado por múltiples corruptelas, es de coña, nos toman por lo que somos. Quizás me falte sentido del humor y asumir que a este país no se lo puede tomar uno en serio.

Inocente. Puede que yo esté equivocado y que esto vaya así, que según mi propia concepción calvinista de la vida le atribuya unas capacidades a la política que en realidad no tiene, que los hilos los mueve esa mano invisible y que, por tanto, qué más da aquello que proponga el candidato, el que sea, si es que finalmente se le ocurre algo. Buena persona, simpático, buen comunicador... Algunos ni eso.

Inaplazable. No querría llevarme la contraria tan de inmediato, disculpe, pero no entiendo la polémica con el concierto vasco y la reducción del cupo. La investidura de Rajoy o, si usted prefiere, haber evitado aquellas terceras elecciones, tenía un precio tasado que se abona ahora en cómodos plazos. Nacionalismos periféricos que son llave en Cortes, vaya, tan efectivo que se usa sin sopesar consecuencias. La democracia española joven y costumbrista, tanto que no sorprende la colaboración necesaria de Albert Rivera, ese que venía a cambiar las cosas para que sigan igual. En Canarias debemos ser más pragmáticos; tener partido local es un chollo pero hay que explicarlo mejor, ni tanto folclore ni tanto gofio ni las siete estrellas verdes: ¡por la pasta!


(Publicado en el periódico El Día el 9 de diciembre de 2017)

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