sábado, 23 de diciembre de 2017

Apoquinamos todos

Creencias. Cierra antes de fin de año la última empresa que pagó los sueldos de sus empleados. Porque las retribuciones de los trabajadores van a cargo de los clientes que abonan aquello que venda. Manda el mercado en nuestro adulterado sistema capitalista. La discusión actual sobre el salario mínimo o la revisión de los convenios no tendría mucho sentido si atendemos a la realidad económica: págueme por lo que aporto a su negocio y si me parece poco ya buscaré a otro empresario que sepa ver y aproveche mis capacidades. Esto no ocurre, pensará usted, esa otra oportunidad no existe y, por tanto, conviene aferrarse al puesto de trabajo. Creencias difundidas por interés de parte, que los trabajadores somos sustituibles como si fuéramos piezas de un mecanismo o que nuestra dedicación no reporta nada a la empresa, que nos pagan como obligación legal o por deferencia. Piense a quién se beneficia la escasa autoestima del conjunto de trabajadores... No me haga hablar.

Expectativas. Los salarios no suben porque no funciona el mecanismo de la oferta y la demanda en el mercado laboral. Las empresas pagan convenio. Conquista, orgullo del gremio sindical, derechos adquiridos o llámelo cómo quiera. Y ahora le decimos a las empresas que paguen más a todos, a los que cumplen y a los que cumplen menos. El razonamiento presenta escasas fisuras: sorteada la crisis, vuelta a la senda de beneficios, más dinero disponible ergo pueden pagar más, ¡pague, no sea insolidario! La expectativa al alza en la recaudación del impuesto de sociedades anunciada por la Agencia Tributaria confirma este análisis.

Reparto. Que los empresarios paguen impuestos que ya papá Estado -y el resto de la estructura administrativa- se encarga de paliar las secuelas de los sueldos bajos. Las partidas de "carácter social" en los presupuestos públicos para 2018 reflejan esta realidad. No hizo falta que gobernara el populismo de izquierdas para conseguir un nuevo reparto de la riqueza, mire usted por dónde. Eso tiene la política y eso tienen los incentivos (las ayudas sociales lo son) que condicionan las conductas. Unos trabajan y ganan poco y otros no trabajan y lo mismo, pero con menos madrugar. Situación con la que nadie está conforme.

Distracción. No me mal interprete. No todas las ayudas sociales son iguales, es cierto, el cumplimiento de la Ley de la Dependencia acumula un retraso imperdonable, aunque me da que los tiros no van por ahí. Buscar solución a los problemas de la gente no está en la agenda política española de momento, entretenida en dar pábulo a las ansias de protagonismo de los implicados en la sedición, como si fuera un delito menor y la prisión provisional una mera inconveniencia. Un esperpento. Vuelven a ganar los independentistas, más evidencias del enorme poder de distracción. Más sopa y feliz Navidad.

Quiebra. Descubren con sorpresa que las pensiones de jubilación son de mayor cuantía que los sueldos que perciben los actuales cotizantes. Grandes titulares: ¡El sistema no se sostiene! Vaya. Qué preocupación. La salida pasa por subir los salarios, sentencian. Estupendo. Propuesto queda. Tales avezados analistas no entienden que en España no quiebra el sistema porque no es piramidal: la cotización consolida un derecho futuro a cobrar pero el dinero sale de los impuestos. Los puretas se lo montaron muy bien. Debemos entender la aportación a la caja de las pensiones como una tasa más. Nos inflan a impuestos, entre otras cosas para cumplir con ese derecho. Nadie propone bajar las pensiones, ni locos, aunque sería la solución: menos impuestos, más economía, etcétera, por solidaridad. Qué cosa, lo mismito que se pide a las empresas.

(Publicado en el periódico El Día el 23 de diciembre de 2017)

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