sábado, 29 de octubre de 2016

Debate moral

(Publicado en el periódico El Día el 29 de octubre de 2016)

Miedo. Dejaré escrita mi voluntad para el momento en que aparezca alguna enfermedad mental degenerativa propia de la edad avanzada, por si se da el caso. Tiene que ser ya porque cuando se acerca el momento las personas no somos capaces de detectar el problema, nuestro cerebro nos engaña, sabemos que algo no va bien, sufrimos cierta frustración por la pérdida de capacidades pero nos adaptamos a la nueva situación. Es un proceso lento e implacable, años de lucha para que no se note, para seguir adelante y obviamos todo aquello que no cuadra sin considerar siquiera que pudiera ser una patología. Hasta que es tarde y ya no es cosa nuestra. Escrita y firmada, un testamento vital en acta notarial, por puro egoísmo, porque ni quiero ser una carga ni que me dejen drogado en una silla. Y también por amor, por ayudar a mis hijos.

Dudas. Toda una generación -la mía- que se debate ante las mismas cuestiones trascendentes: cómo atender las necesidades de la persona dependiente, cómo pagarlas, cuánta debe ser la implicación personal, en casa -con una voluntariosa señora cubana o contratar profesionales-, en un centro de día, ¿o mejor en una residencia? Dudas y culpabilidad, porque ninguna decisión parece correcta, te preguntas qué hubiera querido el reo, tienes en cuenta su dignidad y la tuya. Pero no estamos preparados. Frialdad racional y gestión de emociones, razón y corazón. ¡Socorro!

No te libras. Luchemos contra esa especie de vergüenza social. Vaya idiotez. Tenemos todos los números para que nos toque: a partir de los 85 la mitad de la población está afectada de algún tipo de demencia, ¡la mitad! Es que piensas que vas palmar antes o que eres del otro 50% con suerte... Que no, que no te libras y si no es a ti le tocará a tu pareja; que estás soltero, a tu hermana; que no tienes familia, pues deja todo bien organizado porque lo tienes crudo. Que funcione la tribu es cosa de todos y por interés de todos: ley de dependencia, formación de trabajadores y concienciación colectiva.

Control. Hay que estar atentos. Ni manías de viejo ni cháchara de abuelo Cebolleta ni cosas de la edad. Los pequeños olvidos, esas historietas que no tienen sentido o esa pérdida de habilidades cotidianas son síntomas de demencia. Prestar atención y darle la importancia que tienen. Acuérdate que el implicado cree que no le pasa nada, no querrá ir al neurólogo, ¿para qué?, se enfadará, hay mucha frustración. Búscate un subterfugio y si no funciona apunta los detalles y consúltalo con el médico de cabecera que sabrá qué hacer. La detección precoz es muy importante para atenuar los efectos negativos que surgen en la convivencia, para controlar la frustración de la persona afectada y para atribuir a la enfermedad esa nueva conducta tantas veces inexplicable. Hay fármacos, pautas relacionales y actividades que no curan (de momento) pero que consiguen mantener una aceptable calidad de vida para todos los implicados.

Instrucciones. Ni tu pariente es el único afectado ni tú te vas a librar, insisto. Y como la sociedad civil busca soluciones, existen organizaciones como Afate (www.afate.es) en Tenerife, que enseñan a manejar la nueva realidad, no solo respecto al enfermo dependiente sino para toda la unidad familiar. Cuando el conflicto racional/emocional llega al bloqueo y quieres pedir socorro, recurre a psicólogos especialistas, déjate ayudar. Por mi parte las instrucciones están claras: prever la venta de mi casa, recurrir siempre a profesionales para mis cuidados personales -me da igual dónde, que haga sol- y que me vengan a ver sin obligaciones asistenciales, solo por amor.


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