sábado, 25 de junio de 2016

Reflexionemos pues

(Publicado en el periódico El Día el 25 de junio de 2016)

En conciencia. Sin intención de influir, huelga aclarar que hoy no es día para eso y ni siquiera sabría cómo. Tampoco tengo claro la conveniencia de ejercer el derecho a votar, que como tal, como derecho constitucional, es discrecional por parte del elector. Debe ser la edad; ahora lo veo más claro; resulta igual de legítimo someterse a la voluntad de la mayoría, no ir a votar o votar en blanco: "Elije tú si quieres, actúa con responsabilidad y carga con la culpa si algo sale mal; a ver si votas en conciencia, tornillo, con la cabeza y no solo con el corazón". No vale tirar la piedra y esconder la mano; después, si te suben los impuestos, no te quejes.

Anécdota. Nadie habla del futuro. Mañana no se decide qué hacer con este país, sino quién debe ser presidente; qué pena que no haya candidata a presidenta, ganaría de calle. Todos los aspirantes aceptan que la acción política venga impuesta por Bruselas; esos 10.000 millones de recorte; ya nos va bien, de buen grado de momento (no como los hijos de la Gran Bretaña, que dijeron que no a Europa). Mañana está en juego quién firma, poco más, quién reparte tantísimos cargos de libre designación, quién encarga las escuchas -aunque alguna cosilla se filtre- y quién veranea en La Mareta. Lo verdaderamente trascendente, los presupuestos generales del Estado y esas cosas, se decidirán en Cortes después de un esfuerzo negociador del que no tenemos antecedentes: esa es la nueva España, y quien sea presidente es anécdota, no se han enterado.

Pasar el trago. Toca. De los aspirantes uno será el afortunado presidente; veremos quién y cómo llegan al entente; me da igual, confieso. A los otros les tocará pasar el trago, con espíritu constructivo, espero. Este país no aguanta más reproches, ya está bien, toca ponerse a trabajar, trabajar en serio. Y eso requiere llegar a acuerdos. Y llegar a acuerdos exige transigir y transigir permite avanzar. Con los acuerdos siempre sale algo positivo. Hasta el vilipendiado Zapatero se entendió con Aznar, semidiós en aquella gloriosa segunda legislatura. Nadie en España se cree menos que Zapatero, aunque ninguno ha sido capaz de repetir la hazaña de cruzar el desierto indemne; hacer oposición es más difícil.

Castigo. Votar es un derecho, trabajar es un deber. Quien propone que se cobre del erario por la cara, sin trabajar, hace apología anticonstitucional; sin pudor se pasa el artículo 35 por el arco del triunfo. Quien piensa a estas alturas de la humanidad que el comunismo es la solución es que no tiene noción alguna de la historia reciente ni lee periódicos ni se interesa por lo que ocurre en nuestro planeta. Hay vicios que no conviene volver a probar ni siquiera por placer; el vicio tiene su propio castigo. Y me gusta el idealismo utópico, que conste, es como el amor puro, pero no nos engañemos, no estamos preparados para un sistema colaborativo. Quizás en un par de generaciones o dentro de mil años la sociedad española abandone la picaresca, los egoísmos y encuentre encaje un sistema así, podría ser. Yo no lo veré y usted..., bueno, quizás usted sí, que eso tiene la palabra escrita, que nos sobrevive. Reflexiones, que hoy toca.

Trampas. Ni pensar en el "voto útil", vaya chorrada interesada, ni en que elegimos a un señor para presidente -que no es cierto, se vota a un partido-, ni pensar a quién mandas a Madrid con tu voto, quien sea, que se diluirá en su grupo parlamentario. Es simple: qué dicen que harán y si usted se lo cree.

sábado, 11 de junio de 2016

El gremio del crimen

(Publicado en el periódico El Día el 11 de junio de 2016)

El poder. Ninguno de los aspirantes al Gobierno, ni los nuevos partidos ni los viejos, identifica el poder de los gremios como responsable de la incapacidad de la sociedad española para adoptar los cambios que exige el momento. El triunfo del corporativismo frente a cualquier otra expresión de la democracia viene de herencia. Nuestra cruz son los gremios -y no solo en la política-, nuestra penitencia un esquema mental perfectamente adaptado a ese ecosistema y nuestro castigo el atasco socioeconómico y el desánimo de tantas miles de familias. Porque es fácil coincidir en el diagnóstico, incluso en las propuestas de la izquierda y la derecha, similares con apenas matices. En todos los casos, remedios inaplicables por similar motivo: los implicados no quieren.

La fidelidad. El gremio mima a sus miembros, los protege, o al menos eso pretende. Sindicatos, asociaciones empresariales o partidos políticos; organizaciones formales o colectivos cuyo vínculo es la defensa de una actividad o de un estatus: estibadores, médicos o vendedores ambulantes. Fidelidad al gremio sin fisuras, por necesidad de ser aceptados y convencidos de que la unión hace la fuerza. Fuerza ante quienes pretenden invadir su cuota de mercado o de influencia, incluso cuando la "agresión" viene impuesta por un avance tecnológico, la globalización o una nueva realidad social (como siempre ocurre). Los registradores quieren cobrar, aunque un único catastro electrónico sería mucho más eficaz para la gestión de la propiedad privada, los taxistas retrasan el tranvía hasta el aeropuerto para no perder clientes, los alcaldes ni se plantean la fusión de ayuntamientos porque ninguno quiere dejar de serlo. Conservar privilegios a toda costa aunque tal conducta colectiva comprometa el funcionamiento del sistema.

La comodidad. Un ejemplo: el 97% de los docentes cree que está bien preparado, sentencia José Antonio Marina, superexperto en la materia. Mientras, en Canarias, un cuarto de la población no ha terminado la educación obligatoria y el aprendizaje de una lengua extranjera sigue siendo una entelequia en la escuela pública, especialmente importante en una comunidad autónoma que crea miles de puestos de trabajo en el turismo, empleos que se cubren con profesionales que vienen de fuera. ¿Mejorar la educación? Sí, claro, pero ¿cómo reciclar a quien no quiere? Pensemos en cualquiera de los servicios públicos esenciales, en su correcto funcionamiento, ¿cuestión de presupuesto o de gestión a largo plazo? Y una última pregunta, ¿quién le pone el cascabel al gato, quién se enfrenta al gremio? El precio a pagar es altísimo y lo digo con conocimiento de causa.

La competencia. Queremos vivir en la economía de mercado, pero negamos uno de sus principios fundamentales y concluimos que el sistema no funciona, vaya trampa. Porque el equilibrio entre la oferta y la demanda funciona; está probado. Desde lo público basta fijar las reglas del juego, que sean claras, y luego inspeccionar y hacerlas cumplir. Y entonces, cuando la cosa marcha, para proteger el negocio, el gremio pide incentivos fiscales (qué bien) que distorsionan la competencia (vaya hombre) y a la larga producen efectos no deseados (ups, vaya, qué mal). Y entonces el gremio pide limitar la competencia y esa limitación conlleva una nueva distorsión (de mal en peor). Pensemos en las leyes del suelo o en el ocaso de la agricultura en Canarias, por debajo ya del 1% del PIB. Y lo preocupante es que no trasciende el origen del problema, porque no es suficiente resolver alguno de esos bucles: hay que llegar al fondo, fomentar la competencia real y sus mecanismos.

El futuro inmediato. Al final no creo que seamos capaces de zafarnos de la maldición de los gremios, al menos nosotros solos.