martes, 24 de marzo de 2009

Confusión o hipocresía

(Publicado en Diario de Avisos, 24 de marzo de 2009)

La prensa local publicaba hace unas semanas la fotografía de la nueva planta fotovoltaica en el Llano de la Esquina, en el municipio de Arico, en el sur de Tenerife; la segunda en su género en las Islas. Una potente inversión de ciento diez millones de euros en equipos de vanguardia resplandecientes al sol que ya forman parte de nuestro paisaje atlántico, fundidos territorio y tecnología en la expresión más pura del progreso. 12,6 megavatios de energía limpia para el suministro del consumo de casi cinco mil viviendas, un asunto que no está nada mal.
Sin embargo, mantener el Estado del Bienestar y mejorar la calidad de la energía que consumimos también tiene sus costes; requiere renunciar a otros usos del suelo y exige territorio. En donde hubo un complejo sistema natural de flora y fauna con tabaibas, cardones, fringílidos y gasterópodos únicos, por donde pastaron un día las cabras que sustentaron al pueblo aborigen, en donde la sorriba y el riego consiguieron liberar el volcán para la agricultura, allí donde la Isla se acopla al paso del hombre y evoluciona con él, nuestro siglo XXI muestra su realidad.
Esta imagen del progreso en cierto modo distorsiona lo natural y lo tradicional, no es una cosa ni la otra, altera el paisaje, ajusta la realidad del paisaje a los nuevos tiempos que corren. Es el precio que hay que pagar por alcanzar el futuro. Territorio a cambio de dióxido de carbono. Paisaje sucio a cambio de energía limpia. Consumimos territorio para minimizar los efectos negativos que a largo plazo conlleva la producción de electricidad con combustibles fósiles, consumimos territorio para preservar el bienestar de la población a largo plazo aunque éste sea un corolario difícil de aceptar. A esta planta fotovoltaica se destina hasta 230.000 metros cuadrados -veintitrés hectáreas, equivalentes a cincuenta y seis campos de fútbol-, lo vale, París bien vale una misa.
Unos usos son aceptados y otros no. La energía fotovoltaica es admitida sin condiciones, el dióxido de carbono es enemigo a batir. Hemos creado leyes, planes y normas muy rígidas, nacidas cuando el legislador adquiere la conciencia de que el territorio debe ser protegido activamente: el territorio como bien escaso en Canarias y como soporte de importantes valores naturales y culturales. En contraposición, quizás sean las múltiples restricciones las que hacen que el suelo apto para usos productivos sea escaso, lo escaso adquiere valor, lo escaso es más rentable. Mantenemos vivo el conflicto: la actividad humana requiere un sitio y debemos decidir dónde permitimos hacer qué.
La opinión pública participa en este debate. Se da crédito a posturas exacerbadas respecto al progreso, al bienestar, al paisaje y al medio ambiente, medias verdades peligrosas para el conjunto de la sociedad que no reciben respuesta adecuada por parte de los poderes públicos. Ahí está la línea de alta tensión junto a la autopista del sur para recordarnos que las manifas nunca son un buen sistema de planificación territorial.
Detectamos cierta confusión en el mensaje y en la acción: ¿por qué un cuarto de aperos, una bodega o una explotación ganadera generan todas las pegas del mundo y la planta fotovoltaica recibe todas las bendiciones?, ¿por qué más de veinte hectáreas de paneles de cuarzo forman parte del progreso y un hotel de cinco estrellas es un atentado contra el desarrollo sostenible?