domingo, 17 de junio de 2007

La queja y el plan de acción

Navega el individuo en el cauce turbulento del desacuerdo. Sin duda, es esta la realidad del imperio. Vive el ciudadano en desacuerdo con el mundo y con su mundo: afirma, necesita y exige que las cosas –todas las cosas de su cotidiano devenir- sean de otra manera. La gente se queja de todo y por todo.
Podríamos concluir que el estado quejica es otro estado de la materia. Una forma de ser. Un patrón. Un modelo a seguir. Lo suyo. Lo propio en la sociedad del bienestar. Yo me quejo, tú te quejas, él se queja, nosotros nos quejamos pero cada uno de lo suyo, ustedes se quejan y no me importa, ellos se quejan, ¡es que no tienen otra cosa que hacer!
Podría ser la queja el detonante de algo grande, podría ser el principio del cambio. Mas la queja es ella en sí misma. Se reivindica dentro de cada uno como parte de nuestra anatomía, como si estuviera en nuestro código genético. La queja es tuya, para ti, contigo. Entonces, ¿por qué intentas contagiarla?
Nos quejamos de la indisciplina colectiva porque agrede valores morales que tenemos interiorizados y, sin embargo, no luchamos contra ella sino que nos acoplamos a su ritmo. No te parece bien que se defraude a Hacienda y, sin embargo, intentas escaquear cobrando en negro. No te parece bien el robo ni la estafa pero te coges la baja laboral para fastidiar al jefe, ¡es que te tiene quemado!, otra queja. Te asusta mucho el abuso y el ataque a la dignidad de las personas pero miras para otro lado cuando la víctima no eres tú. Eso sí, defiendes con vehemencia que no se defraude a Hacienda, que somos todos; rechazas con firmeza que se robe o que se estafe a la Seguridad Social, que somos todos; y exiges que se acabe con los abusos y se respete tu dignidad, que es un derecho fundamental. Te quejas, claro que te quejas, ¡a dónde vamos parar!
¿Y ya está? ¿Eso todo? ¿Eso es todo lo que estás dispuesto a hacer en tu vida? ¿Quejarte?
Conocer los problemas no los soluciona pero es un paso, un primer paso. Y sí que podemos mejorar las cosas, ¡claro que sí! El segundo paso imprescindible es aceptar. Aceptar que las cosas son como son y no de otra manera. Aceptar que aunque no nos guste, la situación es la que es y que por mucho que nos quejemos –si sólo nos dedicamos a quejarnos- va a seguir siendo igual. Y por último, las personas y las organizaciones tenemos una manera eficaz de resolver conflictos creando y llevando a cabo planes de acción. Conocer y aceptar son el inicio. Planificar y actuar pueden ser nuestra aportación al cambio.
Planes de acción. Pequeños y grandes, para pequeñas cosas del día a día y para las grandes injusticias que afectan al mundo. Desde nuestra capacidad de acción y en sintonía con nuestra responsabilidad, ambas –capacidad y responsabilidad- mayores de lo que podríamos suponer.
Estarán conmigo en que la compra de la vivienda es la operación financiera más importante que afronta la inmensa mayoría de las familias. Qué fácil sería que cada uno de nosotros cuando vamos a firmar la hipoteca fuéramos conscientes de lo inapropiado que resulta escriturar por debajo del precio de compra. ¿Qué ocurriría si todos fuéramos conscientes de lo inapropiado de escriturar por debajo del precio de compra de nuestra vivienda? Mejor para todos y para reducir el fraude a la Hacienda Pública (que también somos todos). Sería un buen plan de acción, sencillo y de elevada repercusión social. ¿Cuál podrías emprender tú?
Nosotros en bomberos llevamos todo este año con un difícil plan de acción para normalizar las relaciones personales entre los profesionales del cuerpo. Porque los bomberos se quejan, es vox populi. Para sustituir la queja por un plan de acción, los sindicatos y la Administración han pactado acciones concretas, no sólo dentro del acuerdo de condiciones laborales para los próximos cuatro años, sino también en reuniones específicas. Destaca por su repercusión inmediata la Mesa de seguimiento del acoso laboral que pretende resolver los conflictos entre compañeros sin que trasciendan al ámbito judicial o al régimen sancionador de los funcionarios. Sustituir la queja por la acción. Al final no queda otra, hay que actuar, porque si no ¿a dónde vamos a parar?

miércoles, 13 de junio de 2007

El gran hermano

(Publicado en Diario de Avisos, 13/06/2007)

Podría resultar exagerado afirmar que la convivencia ciudadana está en crisis. No sé. Quizás en el terreno de la conjetura sí podríamos concluir que las relaciones entre las personas, en la calle, en la vida cotidiana, no pasan por su mejor momento, que viene siendo lo mismo. Puede que siempre fuera así y que yo no me hubiera percatado.
Cierto es que el ambiente no ayuda. El cotilleo, el escarnio y los trapos sucios son lo que ofrece la televisión a todas horas y que, por increíble que parezca, la gente sigue viendo. La democracia llega a su punto de madurez cuando nos podemos despedazar sin piedad, igual si eres alcalde, futbolista, frutero o magistrado del Supremo. No hay clases, no hay límite. Una persona un voto, una persona un insulto. Todos iguales en la salud y en la enfermedad.
Quizás sea la tecnología la que nos aleja de la realidad y nos traslada a un mundo virtual en donde no existen los demás. En la guagua las señoras van de pie mientras los pibes sentados escuchan su iPod. Nadie se inmuta. Manda el gigabyte... y tal. ¿Algún problema? Quizás sea otra forma de rebeldía. O una moda. O la reacción masiva a muchos años de una disciplina impuesta a fuego y látigo... no sé, son ya muchos años sin dictadura para que fuera de eso, ¿no?
Tal situación de crispación colectiva manda en todo. Basta observar la gente por la calle, en un atasco, en el supermercado: todo el mundo serio, enfadado con el mundo y consigo mismo. Tensiones entre los alumnos y los profesores, los profesores y los padres, los padres y sus hijos. Y luego los padres, los alumnos y los profesores entre ellos, y de estos conflictos sus consecuencias: violencia doméstica, acoso escolar y acoso laboral. En definitiva un gran fracaso social que entiendo pueda sonar exagerado. Pero es así, te irritas y te calientas, claro.
En el mundo de la empresa la cuestión llega a ser dramática. El empresario es un pirata, el encargado un negrero, el compañero un competidor y el cliente alguien que molesta. Las deficitarias relaciones entre las personas lo envuelven todo. Esta realidad es tan frecuente que la sociedad aplaude cuando reconoce una organización en la que impera la cordialidad y el trabajo en equipo. Al revés del pepino. Se aplaude lo obvio, es decir, que los grupos sociales actúen en armonía, cuando lo suyo sería castigar con contundencia los comportamientos contrarios a un sano clima laboral.
Castigar los comportamientos indecentes. Como en tantas otras ocasiones, el castigo de estas conductas corrompidas requiere una acción individual, que tú y que yo no estemos conformes. ¿Quién va a venir a ponernos a todos una sonrisa en los labios? Las actitudes individuales para los cambios colectivos. Cualquier otra cosa es mirar para otro lado y pensar que las cosas se arreglan solas, que esto no va contigo, que tú prefieres pasar, ... hasta que te toque a ti y sean otros los que miren para otra parte...
...y estés nominado, señalado por tus iguales, víctima de aspiraciones, objetivos e intereses particulares, por feo o por guapo, por no pasar desapercibido, estés nominado para salir de tu trabajo, para abandonar tu carrera profesional, para dejar atrás ilusiones y esfuerzo, hasta que te toque a ti y sean otros los que miren para otra parte.
Las cosas no deben ser así. La sociedad establece su equilibrio utilizando sutiles herramientas de convivencia. En la vida real no vale todo. Debe haber un respeto, un orden. No sé si vale luchar por ello, quizás exagero, no sé. Quizás la vida sea un gran hermano y yo aun no me he percatado.

sábado, 2 de junio de 2007

Disciplina

(Publicado en periódico El Día el 02/06/2007)

Resulta innegable que la sociedad española actual vive lo cotidiano con déficit de disciplina. Llegamos a considerar tal actitud como esencia de lo español, somos así, forma parte de nuestra idiosincrasia, vino tinto y aceitunas con hueso. Igual que la liga de primera división, la indisciplina podría ser un elemento que le diera cohesión a este país nuestro tan falto de ambas. Ejemplos muchos. Desde los más nimios principios de urbanidad que harían más agradable la convivencia, hasta llegar a aquellos que incumplen las normas de tráfico que podrían evitar miles de familias rotas cada año.
Resulta innegable también que la sociedad española premia las actitudes indisciplinadas con aplauso y admiración. Fulano consigue que le quiten una multa, mengano vende en negro, ciclano cobra el paro y trabaja, zutano se coge la baja laboral, ... qué bien. No sólo perpetra la acción sino que la cuenta con pelos y señales, con especial énfasis y orgullo. El héroe y su epopeya. Engañar al sistema es el objetivo, consciente o inconscientemente, engañar al sistema es deporte nacional.
No tengo respuesta. No sé qué fenómeno induce al individuo a la primera vez. A partir de aquí son todo conjeturas. Digo que debe ser que te aparece, sin buscarlo, una primera oportunidad y que en ese momento te acuerdas de ciclanito y su excitante historia, y en ese momento decides probar, a ver qué pasa. Y debe ser que no pasa nada, nada de nada. Entonces lo cuentas y el que te escucha te aplaude y esa sensación te gusta, ¡artista!: ya estás enganchado. Y será a partir de ese momento cuando comienzas a construir la trama de la justificación. Te pegué porque eras mía y tal disparate te convence.
La justificación transforma el fraude en un derecho, ¿no?, es que tienes el derecho a defraudar a hacienda, ¿no?, qué son esos pocos euros para hacienda, ¿no? Total no te va a pasar nada... Chuleas muchos derechos mientras te olvidas de tus obligaciones. Todo esto irremediablemente produce conflicto. En organizaciones que por definición requieren disciplina, jerarquía de mando y un sólido trabajo de equipo, esta situación produce un enorme conflicto de compleja gestión cotidiana.
Si hubiera castigo, un buen castigo, si pilláramos a alguno... un buen leñazo, dar ejemplo, claro. Si hubiera castigo yo no fingiría una baja laboral, claro, porque tendría miedo a que me pillaran, claro, si hubiera castigo yo me portaría bien. La culpa de la indisciplina sigue siendo de otros. Total. Ahondando en la conjetura digo yo que la disciplina profesional forma parte indisoluble de la propia definición de la actividad laboral. Comprometida estará la eficacia del servicio público sin la disciplina del funcionario público. En este caso concreto, cuando además se trata de atender emergencias, la observancia de las normas es obvia y la necesidad de castigo, absurda. En este contexto, cumplir con las obligaciones para con el ciudadano y ser fieles a la misión del bombero, es lo propio, incontestablemente el único camino.