miércoles, 9 de agosto de 2006

Conflicto ambiental

(Publicado en El Día, 09/08/2006)

Debemos intentar liberarnos. Los ciudadanos europeos que disfrutamos del estado del bienestar convivimos con un conflicto lleno de múltiples connotaciones emocionales que nos produce desasosiego y sensación de culpa. Se trata de la gestión del equilibrio entre el desarrollo de la actividad económica y la conservación de los valores naturales. Nos sentimos culpables de los atentados perpetrados en el pasado contra el medio ambiente esgrimiendo la bandera del desarrollo. En muy pocos años, menos de una generación, condenamos a muerte al agresor ambiental pero,... pero con matices, somos inconscientemente condescendientes, comprendemos que hay cosas que no se pueden hacer pero estamos convencidos también de que quedarnos parados puede acabar con nuestro status. He ahí el conflicto.
En un extremo, el ecologista más convencido usa teléfono móvil, se desplaza en coche y realiza otros muchos comportamientos cotidianos que sabe que agravan aun más aquellos problemas cuya solución reivindica tenazmente: conflicto. En el otro extremo el político comprometido planifica grandes infraestructuras y simultáneamente encarga los estudios de impacto, dictámenes de expertos y proyectos de medidas correctoras, que no lo convencen pero que intentan justificar su decisión: también conflicto. Entre ambos polos el ciudadano medio vive y sufre estas contradicciones con mayor o menor intensidad, la mezcla de culpa por lo que hay que hacer y miedo a lo que nos depara el futuro. Y en este contexto atento el especulador sin escrúpulos medra a su favor, confunde, aprovecha esta nueva era para satisfacer sus deseos.
Hemos definido el asunto que pretendemos analizar como conflicto ambiental aunque va más allá, en definitiva, debemos poner objeciones al modelo económico actual en su relación con el territorio, de la misma manera que en este principio de siglo venimos cuestionando también el funcionamiento de otros modelos obsoletos con la irrupción, por ejemplo, de la globalización o los neonacionalismos. Quizás sea éste el momento de sacar conclusiones después de todas las pruebas que han ido fallando a lo largo de la Historia. Parece una alternativa inteligente que al fin el desarrollo tecnológico y los avances en esta nueva era de la información rindan pleitesía al género humano para resolver el conflicto, este conflicto individual producto de la conducta colectiva, el eterno dilema de nuestra interacción con la naturaleza de la que irremediablemente formamos parte.
En tal confusión andamos que se baraja sin tapujos el término desarrollo sostenible para definir una forma respetuosa de conjugar el binomio actividad productiva - conservación del territorio. Los grandes caudales afluentes y secuelas del ínclito salvador Plan Marshall desembocan y mezclan sus aguas en un mar océano de biodiversidad en el que de momento sólo vemos las turbulencias y las ganancias de pescadores. La biodiversidad que, siendo un índice que mide la variedad y la proporción de especies en un determinado ecosistema, se nos ha colado en casa con otro significado, –me perdone el neófito en estas cuestiones- con el que quizás pretende el comunicador generar sensibilidad frente a la constante destrucción de los seres vivos; y no hace mal.
Ciudadanos ejemplares a los que éste que hemos llamado conflicto ambiental no nos deja indiferentes, entre los matices del miedo y la culpa, actuamos de libro: aislamiento, resistencia y control. Primero pensábamos que los problemas del medio ambiente no iban con nosotros, después no le dimos ninguna importancia y por último dedicamos enorme esfuerzo a controlar, y es que las industrias y hasta los países se esfuerzan por disponer de datos y elaborar estadísticas detalladas de cuanto contaminan en vez de dejar de hacerlo. En analogía, respecto a la contaminación del territorio, o la que es consecuencia de su mala gestión, montamos sistemas de información geográfica con enorme despliegue tecnológico que no solucionan el problema pero que lo reflejan con apasionada exactitud. Salir de esta disyuntiva requiere aceptar. Primero aceptar que no vivimos en el bíblico paraíso terrenal en cuyo relato pasaron por alto a dónde iba a parar el corazón de la manzana, después, conocer que el bello jardín de belleza sin par requiere desbroce, siembra, riego y poda, y por último, buscar alternativas satisfactorias al modelo que nos permitan disipar nuestros temores.
Denótese el carácter universal en la exposición precedente –para el conjunto de los ciudadanos del mundo que han resuelto las necesidades básicas de su existencia- en la que se describe el conflicto ambiental sin circunscribirlo a un espacio territorial concreto, aunque aquí en Tenerife, en nuestra isla atlántica, esta sensación de conflicto está permanentemente en candelero: ecologistas y políticos nos trasladan a los ciudadanos unos argumentos que no nos hacen más que dudar, el caso del Puerto de Granadilla, por ejemplo.

El estado del bienestar como objetivo.
Muy atrevidos seríamos aquí y ahora en pretender definir el fin último de nuestra existencia. Demasiado elevado. Para nuestra vida cotidiana, sin embargo, manejamos objetivos bastante claros, objetivos que nos podemos proponer sin dificultad, que los podemos transmitir y que aquellos que nos rodean pueden entender. En definitiva, objetivos que perseguimos con diferente esfuerzo y que incluso en algún momento podemos alcanzar. Quién no pensó alguna vez en conseguir un trabajo determinado que le parecía más adecuado a sus posibilidades, o quién no se planteó en un momento dado emanciparse del nido materno, incluso hay quien pretende dinero, tiempo y compañía para dar la vuelta al mundo. Cierto es que la condición de especie dominante nos tiene programada algunas pautas automáticas como la perpetuación de la especie y otras similares arraigadas en la genética y en las más ancestrales costumbres. Todo son planes que persiguen un objetivo: entretenidos en la posibilidad de poder alcanzarlos los consideramos suficiente combustible mientras reflexionamos sobre ese asunto: de dónde venimos, a dónde vamos...
Siguiendo este planteamiento, el estado del bienestar podría ser ese conjunto de objetivos que perseguimos como colectivo, que alcanzamos pagando un módico interés y que nos liberan de la incertidumbre de cubrir las necesidades básicas. Tal situación nos permite dedicar recursos a otras cosas, a nuestros propios objetivos personales. Es decir, podría ser posible fijar para nuestra sociedad –para los pueblos desarrollados- el mantenimiento del estado del bienestar como sencillo plan de futuro. Al ahondar en esta idea nos percatamos enseguida que irremediablemente todo pasa por garantizar cierto desahogo económico y que éste sea estable.
El conflicto ambiental que estamos exponiendo tiene una de sus raíces en esta conclusión obvia de disponer de un sistema económico sólido y perdurable. Y esto en 2006 está realmente conseguido en los países de la Unión Europea. Superado el listón del aprobado se sigue avanzando para sacar nota en prestaciones sociales y, en definitiva, homogeneizar ese estado del bienestar del que hablamos. Hasta llegar aquí hemos pagado un altísimo coste en patrimonio natural. Desarrollo a cambio de uso, mal uso, expolio y devastación del territorio, no solo del nuestro, sino también de aquel que abarca los tentáculos de la colonización. Es la deuda que todavía seguimos abonando, la deuda que tenemos con Gaia.
La idea del desarrollo, su concepto puro, debe ir quedando superada cuando hablamos de mantener, de preservar el estado del bienestar, aunque cuánto nos cuesta soltar el palabrejo cuando es un objetivo tan recientemente alcanzado. Habla el conflicto y no la razón cuando se persigue el desarrollo sostenible. Si lo que queremos es perpetuar el desarrollo alcanzado, por qué no nos olvidamos de seguir en él. Si la etapa está superada, por qué nos empeñamos en seguir creciendo.
Realmente el abuso de los recursos que ofrece el territorio ha venido siendo la pauta general en el avance de muchas civilizaciones, de algunas incluso que desaparecieron, quizás por eso, por el abuso. La concienciación actual de que debemos alcanzar el equilibrio con el territorio, la otra cara de nuestro conflicto ambiental, de nuestra desazón, es un enorme paso adelante en la vida del hombre como especie en el planeta. De momento ya hemos identificado el problema, a partir de ahora intentaremos corregirlo.
Como cambio social, adquirir esta conciencia es tremendamente importante, quizás tanto como cuando aquellos nómadas que perseguían manadas de ungulados decidieron quedarse en un sitio y construir el primer poblado. Cuántos miles de años transcurrieron hasta que esta conducta sedentaria fue generalizada: muchos sin duda. Cuántos miles de años tardaremos en reestablecer el equilibrio del ser humano con el territorio que ocupa. Imposible saberlo, esperemos que los avances de la tecnología y la fluidez en la comunicación a nivel global aceleren el proceso. En fin, en un futuro lejano seguro que por estas fechas será datado el cambio a una nueva era.

Las dos caras.
Todavía no hemos resuelto nada. Pudiendo estar de acuerdo con todo lo anterior, es posible que sigamos inmersos en la misma sensación de culpa y rabia que comentábamos es origen del que hemos llamado conflicto ambiental. Quizás podamos haber llegado a identificar como propia esa lucha interna entre nuestro yo ‘amante de la naturaleza’ y nuestro yo ‘amante del bienestar’ que coexisten bajo el mismo pellejo. También es posible que hayamos adquirido esa nueva conciencia que nos conduce como sociedad global a buscar el equilibrio con nuestro entorno. De entrada qué importante eso de ser amantes, que funcione el corazón. Después, sin perder la cabeza, qué importante intentar soltar lastre emocional, aportar con nuestra conducta cotidiana para que entremos en esa nueva era sin volvernos locos, sin tener que renunciar a un vaso de agua fría porque pensemos que la nevera daña la capa de ozono.
Intentaremos avanzar para resolver el conflicto en dos frentes. Primero, despojándonos de la carga inmensa de tantas atrocidades del pasado y, después, rehusando la culpa de aquellos otros excesos que pensamos que nos depara el futuro. Ni somos responsables como individuos de la existencia de vertederos de residuos nucleares ni tampoco seremos responsables como individuos del calentamiento global que parece que se nos avecina. Y esto no quiere decir que estos problemas nos sean ajenos, pero sí es importante quitarles carga emocional. No debemos estar furiosos por los vertidos, ni tristes por el cambio climático: esto es lo que hay, nos guste o no. Lo realmente importante es resolverlo.
En esta noria de las culpas, podemos llegar a convencernos, por ejemplo, de que el uso generalizado de envases no retornables es consecuencia de una trama mafiosa-capitalista urdida para enriquecer a los que ostentan el poder. Y claro, con esos envases se genera más basura, es decir, que llegamos a dar por cierto que la producción de basura está íntimamente ligada a las acciones especulativas de unos pocos desalmados. Seguro que más de uno comparte esta idea. Llegar a estas conclusiones no deja de ser un síntoma que confirma la madurez de nuestra sociedad en el estado del bienestar que ya nos hemos olvidado porqué existen los tetrabriks, lo bien que conservan los alimentos, su poco peso, su fácil almacenamiento y lo cómoda que nos hacen la vida a la hora de comer. Los envases, como tantas otras cosas de la vida moderna, existen masivamente porque nos aportan algo positivo aunque ya no nos acordemos de cómo eran las cosas sin ellos. Este es un buen ejemplo de conflicto ambiental, y es que la existencia de basura doméstica no es un problema ambiental: la basura doméstica es el desecho del estado del bienestar y mantener el estado del bienestar es bueno. Hemos quedado incluso en que éste puede ser el objetivo que persiga nuestro tránsito por el mundo.
Un problema sí podría ser qué hacer con la basura, cuestión que si no resolvemos bien, sí que podría dar lugar a un gran problema ambiental. Ahora bien, tampoco somos responsables como individuos del tratamiento que recibe, o que debe recibir en el futuro, la basura doméstica. Eso es cuestión de especialistas y de emplear tecnología.
Debemos exigir que los poderes públicos, en los que hemos delegado la capacidad de ejecutar las acciones concretas para alcanzar nuestro objetivo común, no nos confundan, no jueguen con nuestros sentimientos, no nos hagan sentir culpables. También debemos exigir lo mismo a aquellos que dedican su tiempo a luchar por la conservación de los recursos naturales. En definitiva, hay que dejar de discutir sobre el conflicto y empezar a trabajar para resolver el problema: aprender de otras sociedades más avanzadas que la nuestra, ser serios y utilizar la imaginación.